sábado, 25 de mayo de 2013

CENTENARIO DE JOSÉ VELA ZANETTI




  1. Mi homenaje a Vela Zanetti
Este año se cumple el Año Cien de la vida genial de un burgalés universal que quiso ser leonés, sobre todo en su trabajo. Había nacido en Milagros (Burgos) el 27 de mayo de 1913.

Echando la vista atrás  (pesan ya más los recuerdos que las inquietudes del futuro), he encontrado entre las telarañas de mi infantil memoria una vivencia sutil, en la que apenas había reparado. ¡¡¡Yo conocí personalmente a Don José Vela Zanetti!!!



Y fue, - ahora lo reconozco - un encuentro especial. O mejor: una serie de encuentros. Y lo digo claramente: Vela Zanetti ganaba mucho en las distancias cortas. 

Ahora que acostumbro a poner fechas a los hechos, digo que sería el año 1965. Un muchacho guardaba el ganado en los prados de Valdecarros, del pueblecito de La Seca de Alba, que ahora llaman La Seca (a secas). De sus labores pastoriles, le sobraba tiempo para vigilar los escasos coches y camiones que se destartalaban en aquella carretera de piedra y tierra, que subía y bajaba de León a La Robla, en paralelo con la vía del  Ferrocarril del Norte. A la altura de su prado, la carretera se inundaba con una laguna inmensa, que traía, a raudales, el agua fria desbordada de las numerosas fuentes de Las Borgatas. Allí había llegado a formar un socavón enorme. Y peligroso. Más de algún "seiscientos" se había convertido en submarino, a los divertidos ojos del chicuelo.  

Una mañana, venía desde Las Ratoneras y La Cerca un ruido ensordecedor de una Ducati ronca, que más bien parecía, en sus romquidos, un "Piva" de riego. El niño descabalgó de la cancilla de palos, que era su fortaleza, y se puso al lado del lago carreteril, con los ojos bien abiertos. El agua del charco estaba turbia y no se acertaba a ver el fondo de su suelo. Ni las ranas siquiera, que croaban en el centro, como si fueran semáforos sonoros. El motorista levantó la mano del manillar donde llevaba el acelerador de los ruidos, y su rocinante de hierros y de lata vino a besar con suavidad el borde de la laguna.


- Pase usted, despacín, por la izquierda; al lado de esos lirios - le voceó el chiquillo al motorista - No vaya usted a pescar una rana, y lo que es peor: un resfriado.
                          
Se notaba que el motorista era ya ducho. O estaba escarmentado. Ya había cogido la senda de la izquierda, aunque esta seguía siendo de barro, chocolateado. Mas, ante la educada señal del niño, echó los dos pies a tierra, sin desmontarse de su moto. Se descabelló el casco de estilo sengunda guerra mundial, y se levantó los gordos anteojos hasta encima de la frente, como si fueran una mezcla de las gafas protectoras de los picapedreros y los quevedos de Don Ignacio, el cura de La Seca.  

- Gracias, muchacho. El primer día que pasé por este charco, sin conocerlo, me quedé a la deriva, hundido hasta la bragueta, y con el  tubo de escape de la moto haciendo gorgoritos - dijo el hombre inmenso que apareció, sonriente. 


- Y usted, ¿a donde va, a estas horas tardías? - preguntó el chaval.


- Voy a la mina... 


Los ojos del muchacho eran un cuadro de incredulidad. Serían las once y media de la mañana, una hora muy extraña para ir a la mina. La cara del hombre, completamente descubierta, parecía ser más la de un capitán de barco, aventurero; o de un escritor o un poeta, viajero; o de un apostol, como los que dibujaban los libros del tio cura que el niño escudriñaba en los viejos baules de la casa de la tia Adela. 


- Si, hombre... - prosiguió el hombretón, que notó de sobra la desconfianza del zagal. Y se fue, bordeando el piélago de barro, y dejando al muchacho en un mar de dudas.  

Otro día, casi a la misma hora, el mocito estaba en el mismo sitio, mirando al sur, como un vigía. Apareció el jinete que dijo ser minero; y esta vez se acercó a la cancilla que hacía de portón de fortaleza del muchacho. Hizo los mismos gestos para descabalgar de su montura, y dejó su motocicleta recostada en la sebe de zarzas y de mimbres, hilvanados con palos y varas retorcidas. El muchacho abrió la cancela y le invitó a pasar, con la mirada curiosa. 


- Te he de preguntar algo, muchacho - le espetó el hombre, que esta vez lucía una hermosa barba y una encaracolada cabellera, que le esparcía el viento.- ¿Donde vive el señor cura? Tengo entendido que en la iglesia del pueblo tenéis una imagen de San Martin, ¿no es  eso?.


El muchacho asintió con la cabeza. No en vano él había sido, desde muy niño, monaguillo de Don Ignacio. Y de sobra conocía aquella imagen de San Martín, tajando con la espada su rica capa, para compartirla con un mendigo...


- He de examinar muy detenidamente esa imagen, pues tengo que hacer una, después de hacer La Mina...


Los ojos del muchacho se abrieron como platos. Y por dentro le creció la intriga. "Mina?... hacer un San Martín?... ¿Qué personaje es este?" - pensó. Pero al punto respondió educadamente:


- Pues, cuando quiera usted, le acompaño a ver al cura; y a la iglesia, si él me da permiso...


- Que sea ahora mismo. Sube atrás, en mi moto, y guíame. 


El niño no acaba de creerselo. Se montó detrás del hombre, agarrándose fuerte. Subieron por Las Borgatas, El Cuervo, La Matillosa... y entraron en el pueblo por Entre Las Sebes, por el barrio de Abajo y Entre Las Casas, hasta llegar a la ermita de San Blas, al lado de La Plazuela. El motorista quiso detener la moto, pensando que habían llegado, al ver la ermita. Pero el muchacho le dijo que siguiera, hasta la Plaza del Concejo, para coger la calle de La Milana, hacia la casa Rectoral, al lado del puente que lleva al Encinal del Valle de la Malena. El muchacho iba henchido, notando en su cara esa brisa suave que venía de la envidia sana de los demás niños, al verle, cabalgando, en la moto de aquel desconocido...  


Después de aquel día hubo muchos otros, que fueron acrecentando en el muchacho los misterios sobre aquel motorista fornido; le saludó a su paso veloz; le escuchó boquiabierto, en la iglesia, delante de San Martín; le preguntó ¿cómo iba en Su Mina?... y le atendió, tirulato, las historias de capitanes de barco, de escritores viajeros, de apóstoles modernos en Nueva York. Y sí, lo digo muy claro: Don José Vela Zanetti ganaba mucho en las distancias cortas.


Vela Zanetti estuvo trabajando "en la mina", en La Robla, cerquita de La Seca, allá por 1965. Yo lo conocí personalmente.  



Alfredo García Fernández   



"LA MINA", de Vela Zanetti
Colegio Don Bosco, La Robla


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